How Many Amalias, Karinas, and Savitas Must There Be? Las Savitas de Centroamérica


See all our coverage of the tragic case of Savita Halappanavar here.

For the past two weeks, women’s rights advocates in Nicaragua have been watching with sorrow and frustration as the news about Savita Halappanavar has been unfolding. Savita, an Indian national living in Ireland, died of septicemia following a miscarriage—a miscarriage that was undeniable and unpreventable, and yet doctors denied her appropriate medical treatment rather than end a doomed pregnancy.

Here in Central America, women are denied life-saving treatment every day.

In Nicaragua and El Salvador, abortion is outlawed under any and all conditions—two of only four countries in the world to do so. And while the laws of other countries in the region may allow for abortion under certain, very narrow conditions, in practice very few women can receive an abortion under such “exceptions.” Women who have suffered from pregnancy complications are accused of trying to “murder” their unborn children. Women with life-threatening illnesses are denied treatment because to do so might harm their pregnancy—just the same explanation that Savita’s husband received from their doctors in Galway.

At Ipas, we saw this firsthand with a young woman called Amalia. Amalia was 27, and eight-weeks pregnant with her second child when she was diagnosed with cancer—an aggressive recurrence of a cancer treated 10 years earlier. Because she was pregnant, the public health service denied her treatment because it might harm the fetus. Ipas and other human rights groups brought the case to the Inter-American Commission on Human Rights, to seek a precautionary measure that would compel the state to provide treatment—a request that was quickly granted. Under public and international scrutiny, the state then provided Amalia with the gold standard of care—treatment received by few others in Nicaragua. Under this treatment, the government maintained, the fetus would survive and thrive.

Sadly, the government was proven incorrect. Amalia delivered a severely malformed baby at seven months. She lived another 17 months. Throughout the case, the government maintained that an abortion was not necessary. The result of Amalia’s case speaks for itself; women undergoing cancer treatment still need the option of therapeutic abortion.

In El Salvador we met Karina, a woman with three children who was arrested after she was found hemorrhaging as a result of an unsafe abortion. She had become pregnant after receiving a tubal ligation (a procedure that is almost, but not entirely, 100 percent effective). Her mother had told her she would not be allowed home if she became pregnant again, and she was so ashamed that she told no one. Police determined that she’d induced an abortion, and she was prosecuted and sentenced to 30 years in prison without ever being allowed to speak to a lawyer, or testify on her own behalf.

After we learned about her, Ipas, the Center for Reproductive Rights and a number of other NGOs worked with Karina to bring a review of her case. With the legal representation and fact finding that she had been denied eight years earlier, we were able to win her freedom. But other women continue to face scrutiny and harassment over their pregnancy complications: Approximately 600 women in El Salvador are under investigation or being prosecuted for suspected abortion.

Women and doctors alike live in a culture of fear in countries that outlaw abortion. Doctors are afraid to provide any medical treatment that might harm or end a pregnancy. And women who have pregnancy complications are afraid to seek treatment for fear that they will be accused of inducing an abortion. The result? Women, like Savita, who are unnecessarily injured or die.

What is more frustrating is that numerous human rights bodies have ruled that to deny abortions to women whose lives and health are endangered by their pregnancies is a violation of their human rights. Ireland was told directly by the European Court of Human Rights that they must provide mechanisms to provide abortions under the law (abortion is legal in Ireland if a woman’s life is in danger). Nicaragua has been questioned repeatedly by international human rights bodies about its total ban on abortion, which runs contrary to multiple international agreements.

How many Amalias, Karinas or Savitas must there be before nations take women’s human rights seriously?


en Español

Durante las últimas dos semanas, defensoras y defensores de los derechos de las mujeres en Nicaragua han estado obervando con angustia y frustración el desenlace de las noticas sobre Savita Halappanavar. Savita, ciudadana de la India que vive en Irlanda, falleció a causa de una septicemia después de una pérdida del embarazo, la cual fue innegable e inevitable. Sin embargo, los médicos le negaron el tratamiento médico que necesitaba en vez de poner fin a un embarazo predestinado al fracaso. Pero aquí en Centroamérica, todos los días se les niega a las mujeres tratamiento esencial para salvar vidas.

La interrupción del embarazo es ilegal bajo todas las circunstancias en Nicaragua y El Salvador: dos de solo cuatro países del mundo donde existe una prohibición total del aborto. Y mientras que las leyes de otros países en la región permiten el aborto bajo ciertas condiciones muy limitadas, en la práctica se concede la excepción necesaria a muy pocas mujeres. A las mujeres que sufren complicaciones del embarazo se les acusa de tratar de “asesinar” a sus hijos no natos. A las mujeres con enfermedades con riesgo de muerte se les niega tratamiento porque éste podría poner en peligro su embarazo, justo la misma explicación que el esposo de Savita recibió de sus médicos en Galway.

En Ipas, presenciamos esto de primera mano con una joven llamada Amalia. Amalia tenía 27 años de edad y ocho semanas de embarazo de su segundo hijo, cuando fue diagnosticada con cáncer: una agresiva reaparición de un cáncer tratado 10 años antes. Debido a su embarazo, en el servicio de salud  pública se le negó tratamiento porque éste podría perjudicar al feto. Ipas y otros grupos de derechos humanos presentaron el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en búsqueda de una medida cautelar para convencer al Estado de brindarle tratamiento, una petición que rápidamente fue concedida. Una vez bajo tela de juicio del público tanto a nivel nacional como internacional, el Estado le brindó a Amalia la mejor atención posible: tratamiento que reciben muy pocas personas en Nicaragua. Con este tratamiento, sostuvo el gobierno, el feto sobreviviría y se desarrollaría.

Infelizmente, se comprobó que el gobierno estaba equivocado. Amalia dio a luz a un bebé con graves malformaciones a los siete meses. Ella vivió otros 17 meses. A lo largo del caso, el gobierno sostuvo que no era necesario realizar un aborto. El resultado del caso de Amalia habla por sí solo; a las mujeres que reciben tratamiento del cáncer también se les debe ofrecer la opción de tener un aborto terapéutico. 

En El Salvador, conocimos a Karina, una mujer con tres hijos que fue arrestada después que fue encontrada desangrando producto de la práctica de un aborto inseguro. Había quedado embarazada después de tener una ligadura tubaria (un procedimiento que es casi, pero no totalmente, el 100% eficaz). Su madre le había dicho que no podría regresar a la casa si quedara embarazada de nuevo y ella estaba tan avergonzada que no se lo contó a nadie. La policía determinó que ella se indujo un aborto y fue enjuiciada y condenada a 30 años de prisión, ni siquiera le permitieron hablar con un abogado o testificar a su favor.

Después que en Ipas nos enteramos de su caso, el Centro de Derechos Reproductivos y varias otras ONG trabajaron con Karina para presentar una revisión de su caso. Con la representación procesal y la investigación que le negaron ocho años antes, logramos ganar su libertad. Pero otras mujeres continúan enfrentando acoso y siendo enjuicidas por complicaciones del embarazo: aproximadamente 600 mujeres en El Salvador están siendo investigadas o enjuiciadas por sospecha de aborto.

Tanto las mujeres como los profesionales médicos viven en una cultura de temor en los países donde el aborto es ilegal. Los médicos temen brindar cualquier tratamiento médico que pueda perjudicar o poner fin a un embarazo. Y las mujeres que presentan complicaciones del embarazo temen buscar tratamiento por temor a ser acusadas de inducirse un aborto. ¿El resultado? Mujeres como Savita son lesionadas o mueren innecesariamente.

Aun más frustrante es el hecho de que numerosos organismos de derechos humanos han determinado que negar un aborto a una mujer cuya vida y salud corren peligro a causa de su embarazo es una violación de sus derechos humanos. La Corte Europea de Derechos Humanos le dijo directamente a Irlanda que deben ofrecer mecanismos para realizar abortos permitidos por la ley (la interrupción del embarazo es legal en Irlanda si la vida de la mujer corre peligro). Nicaragua ha sido cuestionada repetidas veces por los organismos internacionales de derechos humanos respecto a su prohibición total del aborto, la cual va en contra de múltiples acuerdos internacionales.

¿Cuántas Amalias, Karinas o Savitas debe haber antes que las naciones tomen en serio los derechos humanos de las mujeres?

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